MARIO MARTIN DEL CAMPO  Artista Plástico, Mexicano  Nació en el año 1947 en Guadalajara, Jalisco, México. Estudió en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de San Carlos, Universidad Nacional Autónoma de México. Ha realizado numerosas exposiciones a nivel nacional e internacional

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 MARIO MARTIN DEL CAMPO  Artista Plástico, Mexicano  Nació en el año 1947 en Guadalajara, Jalisco, México. Estudió en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de San Carlos, Universidad Nacional Autónoma de México. Ha realizado numerosas exposiciones a nivel nacional e internacional.

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El arlequín de la capilla con perro ladrando· 1986
Escultura de plata repujada con capilla de lino y madera
69 x 49 x 15 cm.
Colección Particular

 

Entre las vanguardias del siglo XX una de las que se niega a desaparecer es el surrealismo, surgió de manera larvaria en 1917, cuando Guillaume Apollinaire, en su obra burlesca Los pechos de Tiresias, usó por primera vez la palabra surrealista. La proclamación formal sobrevino siete años después con el Manifest du Surréalísm de André Bretón. La penetración psíquica de los sueños, la escritura automática, la actividad paranoicocrítica corresponde a la etapa ortodoxa o histórica. Después sobreviene el neosurrealismo, el cual se ha desarrollado sin solución de continuidad dentro de tres corrientes estilísticas: el surrealismo mágico, el surrealismo mítico y el surrealismo fantástico.

El Abuelo zapato· 1988
Óleo sobre papel
26 x 34 cm.
Colección Particular

Mario Martín del Campo es clasificable dentro del surrealismo fantástico por la práctica de un juego estético muy imaginativo, por la intensidad de sus filigranas metafóricas y por la cambiante representación de claves simbólicas. En su capacidad para reconfigurar la realidad se filtran dos fuentes, una lejana y otra más reciente. La lejana es Jerónimo Bosch. A más de cuatro siglos de haberlas producido, sus extravagancias, su enorme sentido del humor, su elocuencia satírica y su dibujo perfecto siguen contagiando a artistas de todos los continentes. El Bosco es el ascediente más legítimo de todos los surrealismos. La fuente más cercana para Mario Martín del Campo es Remedios Varó, quien tejía con invención y erudición una narrativa visual de ensueño.

Pero los ancestros artísticos carecían de algo que tiene gran importancia en la producción de Mario Martín del Campo: su relación con las artes escénicas (teatro, ópera, ballet), como diseñador de estenografías, vestidos, máscaras y otros trastos. Del teatro obtuvo Mario Martín del Campo su sentido del montaje; del teatro sacó la máscara, el títere, los instrumentos y sus intérpretes. Pero lo obtenido por él en pintura, dibujo, gráfica, escultura y objetos no es una evocación de tal o cual puesta en escena. Sus composiciones extrañas o jocosas, oníricas o delirantes, se conducen en total autonomía plástica. No estamos ante un fenómeno de plástica teatral, sino, en todo caso, ante un teatro plástico de escenas sucesivas y tan deshilvanadas como pueden serlo las obras de un mismo autor.

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Otros aspectos insoslayable en el trabajo de Mario Martín del Campo es su gran capacidad artesanal. Tiene amor por un oficio diferenciado y con un alto grado de dificultad. Esto también lo acerca  a varios de los surrealistas históricos, para quienes el hacer creativo y la manipulación de los materiales tenían un valor determinante en el proceso artístico. Ellos usaron los papeles encolados, los papeles plegados. Confeccionaban objetos con madera, telas, hilos y metales. Cualquier medio era válido para representar las visiones del ensueño, aumentar la capacidad visionaria y convertir al espectador en cómplice de la arbitrariedad y la sinrazón. Pero en su propia dimensión asociativa Mario Martín del Campo preserva la máxima conjunción armónica. Todo lo extraño y lo enigmático está supeditado a su conciencia formal muy marcada. Hay deleite de orfebre en sus refinadas construcciones. En vez de remarcar las engañosas línea divisoria entre artesano y artista, prefiere asumir las funciones de ambos y alcanzar el complicado nivel de los significados superpuestos por la vía de la complicada elaboración manual. Monta su maquinaria fantástica con engranajes muy sutiles, cuidadosamente embonados, de manera que el esplendor de la materia y la rareza argumental al unísono, emitiendo vibraciones sincrónicas.

 

En 1982 Mario Martín del Campo realizó con éxito una amplia serie de esculturas de pequeño formato en plata fundida a la cera perdida. Ahora vuelve a la plata, pero a partir del objet trouvé, que en este caso son charolas encontradas muchas veces en las tiendas de antigüedades, o arrebatadas cuando fue necesario al tesoro familiar. Sometidas a un fino proceso de rehechura, la charola desaparece para que de su estructura funcional emerja un objeto enigmático con fuerza poética. Una vez más el procedimiento es surrealista. La materia, antes lujosa pero insignificante, ha sido cargada de contenidos. La funcionalidad material ha sido transfigurada en funcionalidad espiritual.

 

En medio del desfile de una zoología fantástica, de una orquesta onírica, de arlequines, bufones, fetiches, poetas, optometristas y otros personajes extravagantes, aparece reiteradamente la figura del abuelo. Se puede interpretar como un reconocimiento sesgado al culpable del apego al oficio y la transfiguración de todo lo concreto y visible. Este abuelo de cuento jocoso da certificado de legitimad a la fecunda locura del nieto. Como los viejos del Bosco, este viejo mexicano demuestra poseer la inmensa sabiduría del goce de vivir. ¿Importa si en verdad existió? Lo que importa es que este abuelo metafórico acepta complacido las alucinaciones y las fortalece sabiamente desde su leve presencia en punta de plata.

Zapato· 1986
Escultura en plata .925 repujada
18 x 15 x 6 cm.
Colección Particular


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